El Huerto de la Fraternidad. Blog Los Hermanos de la AETG.
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Congrevista a Pedro de Casso
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La modernidad actual y los avances tecnológicos nos permiten disponer de modo fácil y rápido, por primera vez en la historia de la humanidad, de un amplio arsenal de sustancias psicoactivas al servicio de modificar los estados mentales displacenteros y la búsqueda de un ideal estado de felicidad. El por qué algunas de esas sustancias son legales y otras no, a pesar de su inestimable efecto terapéutico, desde luego no es algo que se fundamente en razones puramente científicas, no es argumento para este momento. Lo que sí mueve a reflexión es el debate entre psicoterapia y farmacología, dada la creciente medicalización de la sociedad actual.

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“La dialéctica se sitúa entre “supresión” de síntomas, para lo cual los psicofármacos son de inapreciable potencia y eficacia, frente a “sostener” síntomas y permitir la expresión de aspectos no integrados de la personalidad de cara a su transformación a través de la psicoterapia.”

La dialéctica se sitúa entre “supresión” de síntomas, para lo cual los psicofármacos son de inapreciable potencia y eficacia, frente a “sostener” síntomas y permitir la expresión de aspectos no integrados de la personalidad de cara a su transformación a través de la psicoterapia. Es objetiva la capacidad que tienen los psicofármacos para reducir el sufrimiento psíquico de una manera rápida y efectiva, y uno se podría plantear la cuestión de cómo no hacer uso de tal efecto en las personas que sufren intensamente, en muchos casos a pesar de múltiples procesos psicoterapéuticos puestos en marcha. Cómo no ofrecer usar un analgésico cuando se tiene un severo dolor de muelas, cómo no un ansiolítico ante una crisis de pánico, o un antidepresivo en una depresión profunda, por no hablar de la psicosis. Los médicos estamos aquí para aliviar el sufrimiento, ya que curar los trastornos mentales no está todavía a nuestro alcance. Pero cuando más se empeña uno en reducir el sufrimiento, en anestesiar el dolor, la ira, la tristeza, más nos acercamos al adictivo mundo del apoyo externo en vez del autoapoyo.
De entrada, esta dialéctica no parece tan controvertida en los extremos. Los graves trastornos mentales que ponen en jaque la supervivencia de la persona o la desconectan de su realidad, precisan de intervenciones farmacológicas, que aunque no siempre funcionen, en muchos casos suponen la salida del infierno mental por el que se transita. En el extremo opuesto, parece obvio que si recurrimos a usar una sustancia potente ante la menor frustración o estado angustioso de la vida cotidiana, lo cual ocurre cada vez más, estamos generando severos mecanismos adictivos a las sustancias, además de reducir la tolerancia a la frustración y el sentimiento de capacidad de afrontamiento de los retos de la vida, de autonomía, suficiencia, y responsabilidad, por ejemplo.

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“Una delgada línea roja que separa la función curativa de la iatrogénica o perniciosa, y que a los médicos nos requiere un considerable esfuerzo de atención y conciencia”

Como decía Paracelso (médico y alquimista del siglo xv) todas las sustancias son venenosas lo que hace que tengan un efecto benéfico es la dosis. El “Pharmakon” griego denominaba tanto al remedio como al veneno, a lo curativo y a lo pernicioso, cuya diferencia viene en función de cuándo, cómo y para qué es usado. Y esto es particularmente aplicable a las diferentes sustancias psicoactivas, legales o no, que según los apliquemos pueden convertirse en muy potentes curativos, capaces de salvar la vida y aliviar el sufrimiento casi milagrosamente, o ser venenos que deterioran y entorpecen severamente la vida de las personas. Una delgada línea roja que separa la función curativa de la iatrogénica o perniciosa, y que a los médicos nos requiere un considerable esfuerzo de atención y conciencia.

Pareciera que vivimos en una sociedad que somete a la gente a condiciones que les hacen sentirse muy desdichados y que luego les suministra fármacos para quitarles la desdicha. Los antidepresivos, ansiolíticos, antipsicóticos, son una forma de modificar el estado interior de un individuo de manera tal que pueda permitirle tolerar condiciones sociales que de otra manera le resultarían intolerables. ¿Qué es más loco, evitar las conductas que a uno lo enloquecen, o tomar medicamentos para poder vivir de una manera enloquecedora? La paradoja a que nos enfrentamos es vivir en una sociedad que no tolera el dolor físico pero genera estados de sufrimiento mental devastador.

 No pretendo resolver esta dialéctica sólo plantearla. No hay que perder de vista que los medicamentos tratan sólo la ansiedad, la depresión, la psicosis, y el terapeuta trata a la persona con depresión, ansiedad, o psicosis. El soporte farmacológico no tiene sentido si no viene de la mano del proceso psicoterapéutico. Sólo contener síntomas no transforma nada internamente, y en cambio garantiza, en muchos casos, una futura recaída a no muy largo plazo, o una cronificación de la enfermedad mental, o la entrada en abuso y adicción farmacológica. El lugar de la farmacología es apoyar y facilitar las condiciones del proceso psicoterapéutico. Y en sentido inverso, un buen soporte psicoterapéutico permite llevar con más facilidad y eficacia el necesario sostén y beneficio farmacológico, lo que a su vez repercutirá en un mejor trabajo de psicoterapia. Es así que considero importante para el terapeuta no médico tener una base de conocimientos sobre la forma en que los fármacos hacen su trabajo sobre los diferentes síndromes psicopatológicos. Cuáles son sus efectos terapéuticos y los efectos secundarios, los cambios esperables del estado mental, los momentos necesarios para emplearlos y cuando retirarlos, etc.; sobre la base de integrarlos en el proceso de terapia.

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“(…)están aumentando casi sin control los índices de depresión, suicidio, ansiedad, adicción, y en general los trastornos mentales.”

No hace falta recurrir a las cifras de la OMS para darnos cuenta que en las últimas décadas están aumentando casi sin control los índices de depresión, suicidio, ansiedad, adicción, y en general los trastornos mentales. Unas de las cosas que nos trae la modernidad es el cambio en los patrones de enfermar y morir. A principios del siglo XX las principales causas de fallecimiento eran neumonías, tuberculosis, y gripe, y si eras mujer, el parto. En 1918, uno de los años más terribles de la primera guerra mundial, la gripe española se estima que mató entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo (3 al 6 % de la población mundial). Un reciente informe de la OMS dice que hoy en día en el mundo muere mucha más gente por las enfermedades relativas al sobrepeso que las consecuentes de la desnutrición. Ahora vivimos lo bastante bien y el suficiente tiempo como para irnos deteriorando de forma lenta, y que sean enfermedades de acumulación progresiva las principales causas de muerte en el mundo; principalmente enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes y enfermedades pulmonares crónicas. Enfermedades crónicas que en gran parte tienen que ver con el estrés de la vida moderna y los hábitos perniciosos derivados de ella: obesidad, sedentarismo, tabaco y alcohol.
El estrés crónico es la plaga del siglo XXI. Y cuál es la razón de los elevados niveles de estrés a pesar de vivir en las sociedades de mayor bienestar de la historia de la humanidad. Posiblemente tiene que ver con la transformación de lo que se ha llamado una sociedad “sólida”, anclada en el cuerpo, en la biología, de firmes y rígidos modelos culturales bastante previsibles, a una sociedad “líquida”, anclada en la mente, en la información, con un elevado grado de fluidez, imprevisibilidad, y descontrol. Lo que por un lado nos salva por otro nos mata. No hay nada que más estrese al homo sapiens que la falta de control e imprevisibilidad, y de esto tenemos mucho hoy en día. La gran velocidad con que está cambiando el mundo fruto de la revolución tecnológica nos está dejando sin los referentes de contención emocional que hasta hace poco nos servían, aunque nos ahogara su abrazo cálido.

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“Queremos con ellas encontrar la forma de alcanzar una felicidad ideal consistente y duradera, que no somos capaces de descubrir en la realidad, (…)”

La fluidez e impermanencia de las relaciones, de las creencias, de los modelos familiares, de los patrones de autoridad, del trabajo, de prácticamente la mayoría de los referentes culturales, nos colocan en un nuevo paradigma donde las sustancias psicoactivas, legales e ilegales, han encontrado un buen sustrato donde arraigarse con facilidad. Quizás “Un mundo feliz”. Queremos con ellas encontrar la forma de alcanzar una felicidad ideal consistente y duradera, que no somos capaces de descubrir en la realidad, o al menos aplacar diferentes estados emocionales o psíquicos de una forma rápida, ya que nos hemos olvidado de hacerlo de otra manera. Da la impresión que con el uso de todas estas sustancias pareciera este objetivo alcanzable si no fuera por la paradoja de que, una felicidad muy intensa alcanzada rápidamente le sigue y se convierte en un mayor grado de desdicha e infelicidad a medio y largo plazo. La propia química cerebral determina potentes mecanismos adictivos de los que física y psicológicamente es difícil de escapar.
Y esto avanza tan deprisa que incluso este debate podría quedar anticuado prontamente en la medida que nos llegan y a gran velocidad nuevos tratamientos para los procesos mentales que amenazan con desplazar a las muy imprecisas drogas psicofarmacológicas. De la mano de la estimulación eléctrica selectiva del cerebro, por no hablar de la optogenética (uso de la luz para controlar procesos de activación neuronal específicos) los tratamientos se volverán más específicos, eficaces, y con escasas complicaciones. Un nuevo capítulo para esta saga de progreso tecnológico de resultados impredecibles y que compromete al mundo de la psicoterapia.

 

Ignacio Peña Garcia  es Médico-Psiquiatra por la Universidad Complutense de Madrid. Terapeuta Gestalt formado en la EMTG. Miembro Titular de la AETG. Formado en Psicoterapia Psicoanalítica (Elipsis-Hugo Bleichmar). Formado en Proceso Corporal Integrativo (Antonio Del Olmo). Formado en Psicoterapia Integrativa (programa SAT-Claudio Naranjo).

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